¿Qué puede hacer la mujer (feminista) en la industria musical? Análisis del libro “Perreo: una Revolución”, de Cazzu

El libro Perreo: Una Revolución, de la cantante argentina Cazzu, abre esta y otras preguntas sobre las relaciones de género en el trap y el reggaetón.

Estás escuchando música con tus amigas y empieza a sonar esa que es implacable con tu cuerpo: suenan unas notas y ya te entran ganas de bailar hasta el suelo y cantar a todo pulmón. Todo el mundo se levanta a perrear y se divierte junto. Hasta que cantan un verso que haría que Simone de Beauvoir escribiera un nuevo tratado sobre la opresión femenina. Tú y una amiga se miran, intentando no romper el clima de diversión, pero logran leerse la mente: “¡no me había dado cuenta de que esta canción era tan machista!”. Aunque un poco impactadas, intentan no arruinar el momento. Como diría un poeta anónimo: es una mano en la rodilla y otra en la conciencia.

Si tú, como yo, eres una persona feminista que también adora escuchar géneros como el reggaetón y el trap latino, probablemente ya te hayas visto en este tipo de situación, o te hayas preguntado si disfrutar de estas músicas es compatible con tus ideales. Puede que incluso hayas considerado dejar de escuchar, cantar o bailar alguna canción por sobrepasar la línea de lo que consideras aceptable. Pero para las cantantes de estos géneros, ¿dónde queda ese límite?

La cantante argentina Cazzu escribió un libro a la medida de quienes no temen este debate. Perreo: una Revolución se desarrolla a partir de la pregunta cliché que escuchan 10 de cada 10 reggaetoneras: “¿cómo es tener éxito en un género musical tan machista?”. Ella, a su vez, no pretende responder a esa pregunta capciosa, sino abrir nuevas vías de conversación sobre los supuestos que hay detrás de ella.

En lugar de escribir un tratado sociológico sobre la “música urbana” en español, Cazzu prefirió hacer un ensayo con notas autobiográficas. Con 189 páginas y una escritura muy fluida, va recorriendo los tortuosos caminos de quien decidió ser pionera en el trap argentino. Por ese logro, es conocida en su país como la jefa, pero como revela en el libro, quien abre caminos está más expuesta a errores y frustraciones. En diálogo con otras artistas del género, Cazzu reflexiona sobre cómo van aprendiendo a jugar un juego en el que quienes reparten las cartas son los hombres.

¿Existe un género más machista?

Cazzu abre el libro poniendo el elefante en la habitación: explora la incomodidad con el supuesto de que el trap y el reggaetón sean “más machistas” que otros géneros. Una estrategia argumentativa común en la defensa de estos géneros es compararlos con otros considerados más “eruditos”, mostrando que las letras pueden ser igualmente problemáticas. Pero la jefa prefiere seguir un camino menos obvio, desnudando los versos de algunos reggaetones para mostrar cómo estas canciones muchas veces retratan a las mujeres como “seres deseantes”, lo que ya podría considerarse subversivo en una sociedad que otorga valor a la castidad femenina. A esto se suma el hecho de que estos ritmos aborden el sexo de manera más explícita, y así se entiende (en parte) por qué suelen ser etiquetados como “denigrantes” para las mujeres.

¿Significa entonces que las letras de reggaetón que hablan de mujeres ejerciendo su sexualidad libremente serían “feministas”? Ni tanto al cielo ni tanto a la tierra: Cazzu también argumenta que esas narrativas siguen siendo, en su mayoría, construidas por hombres y, por lo tanto, cargan con cierta proyección de cómo ellos creen que vivirían la libertad sexual si fueran mujeres. Aunque canten historias de mujeres “libres”, no necesariamente comprenden el precio que el patriarcado impone a las que se muestran de esa forma.

Ese alto precio es explorado en la mitad del libro, donde expone el juicio moral al que las cantantes del género son sometidas cuando deciden mostrarse como mujeres libres y dueñas de sus propios deseos sexuales. Las reggaetoneras serían pecadoras como Eva cuando rompen con la imagen de “mujer casta” o “esposa trofeo” y, así, desafían los lugares impuestos por el patriarcado. Cazzu reconoce que, sin embargo, este proceso no ocurre sin contradicciones: la postura que en un momento puede ser disruptiva, en otro puede colaborar a reforzar estereotipos de género. Pero, como en toda industria, las artistas tienen que aprender a bailar al son que les toquen.

Esta discusión da mucho de qué hablar en círculos feministas y es fácil caer en una falsa dicotomía entre “objetificación” y “empoderamiento”, asumiendo que estas artistas no tienen capacidad de desafiar al patriarcado precisamente por estar en industrias dominadas por hombres. Mientras tanto, son criticadas por ser “malas feministas”, y en el otro extremo ideológico se señala una supuesta incompatibilidad entre cantar sobre sexo y defender los derechos de las mujeres.

En el libro, Cazzu llega a responder (con mucha clase) a las palabras de Vico C, un colega reggaetonero, para quien “las cantantes de reggaetón perjudican su propia imagen como mujeres”. Esta afirmación es una prueba más de que usar la música para reivindicar nuestra posición como “sujetas sexuales”, por sí solo, ya es disruptivo. Como afirma la jefa:

“Una mujer no se desvaloriza por sexualizarse, se revaloriza por apropiarse de su sexualidad y de su deseo, al elegir qué hacer con ellos, en un mundo totalmente reservado al placer masculino heterosexual.”

Por ironías del destino, dos meses después del lanzamiento de su libro, el argentino Fito Páez mostró que tampoco puede lidiar con la libertad que reivindican las artistas mujeres. En un pódcast, el rockero se quejó de que sería contradictorio “que una mujer cante sobre sexo y luego salga a las calles a protestar para que respeten sus derechos”. Cazzu desenmascaró la falsa preocupación de su compatriota, señalando que no se pueden imponer más exigencias para que las mujeres sean respetadas, ya que ese es nuestro derecho humano.

De igual a igual

El libro también permite conocer cómo el feminismo de Cazzu se fue desarrollando a medida que avanzaba en su carrera. Expone con mucha sinceridad cómo fue descubriendo que sería imposible desvincular su trayectoria artística de su identidad como mujer. De forma casi ingenua, creía que sería respetada y equiparada a los mejores del trap por su talento con las palabras. Pero, por más que escribiera letras que pudieran generar identificación con oyentes de todos los géneros, percibía que el público masculino no la respetaba ni la admiraba por igual, y que siempre estaría limitada a la etiqueta de “trap femenino”.

Con el tiempo, fue aprendiendo a navegar por ese universo para ganarse el respeto de sus pares masculinos. Al mismo tiempo, buscó aprovechar el potencial de ser una de las pocas voces femeninas en la escena. Por tratarse de géneros musicales originados en comunidades marginadas, las letras del trap, el reggaetón y el hip hop sirven como escenario para que los artistas proyecten realidades diferentes a las que provienen. Por eso, es tan importante cantar sobre el acceso a la riqueza y el respeto que esta trae a personas marginadas por el capitalismo. Pero para las artistas mujeres, la realidad proyectada no solo implica la ascensión social, sino también la libertad de hacer lo que quieran con su propio cuerpo, que a veces solo se conquista con independencia económica. Así, contar con voces femeninas que canten sobre sus propias experiencias —de las glorias a las desgracias— es fundamental para crear imaginarios que rompan con las expectativas de género.

Perreo: Una Revolución aborda con maestría temas ya muy discutidos sobre el machismo en la industria musical, enriquecidos con las vivencias de quien intenta navegar estos desafíos sin perderse de sí misma. Además, añade al debate evidencias de cómo las mujeres no somos consumidoras pasivas: tenemos agencia y capacidad para resignificar lo que se canta sobre nosotras. Solo eché en falta conectar la marginación del trap y el reggaetón y la demonización de sus artistas con los estereotipos raciales que se intersectan con la desigualdad de clase en toda América Latina.

Cazzu logra presentar sus análisis con un tono muy antimaniqueo, recordando siempre cómo somos productos y agentes del patriarcado. Al inicio de la lectura, su tono puede parecer condescendiente, especialmente cuando habla de amigos de la escena. Pero a medida que la leemos (o escuchamos), entendemos que esa es su forma amorosa de educar a quienes la rodean, aplicando su propia experiencia de aprendizaje. Mostrando, así, que para ser la jefa hay que tener firmeza en los posicionamientos, pero sin jamás perder la ternura.

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